Número 30

Año 6011 (v.·. l.·.)

 
 
Revista Digital del Supremo Consejo del Grado 33 y último del R\E\A\A\ para España

Ojos vendados

Mariano Pérez Ferraris. 4º

El hombre pasa diariamente por constantes cambios. En casa: padres, en el trabajo: profesionales, con la esposa: amantes, etc. Las relaciones de cada individuo con los demás se ve condicionada por la función que ejerce en cada rol. La forma en que es visto por los otros determina lo que se espera de él en cada caso. El devenir de la interacción con el resto de las personas, va creando un acervo de recuerdos y prejuicios que también suponen una influencia en los eventos posteriores. Involuntariamente, cada papel va cobrando vida propia, y la manera de entender los estímulos externos, se supedita al entorno inmediato que interviene en cada situación. Lo que se aprende o experimenta como padre, queda archivado en el rol padre, ocurriendo igualmente en los otros. La mente del individuo no consigue establecer un hilo conductor, que enlace los conocimientos adquiridos en los diferentes ámbitos. Convirtiéndose en el pasajero de una montaña rusa de sensaciones, sin la posibilidad de encontrar una posición que le permita observarse a si mismo desde una perspectiva global e uniforme. Son finalmente los pequeños roles, quienes deciden sobre las cosas, siempre bajo la influencia de sus perspectivas particulares. Tanto sucede así, que no nos sorprende conocer personas que, aún poseyendo cualidades excepcionales, no son capaces de guardar un equilibrio en todas sus facetas.

La M.·. guarda, a sus iniciados, un abanico de posibilidades para reflexionar sobre estas cuestiones. Recordemos el memento del A.·., donde el cerebro figura como, "un taller deliberante abrigo de la agitación exterior". El M.·. como individuo, razona sobre las cosas, apartando toda influencia del entorno. Donde quien piensa no es ni el padre, ni el profesional, sino uno solo y todos a la vez. La postura al orden del aprendiz fluye en este mismo sentido.

La ceremonia de elevación al cuarto grado. Primer paso en el filosofismo nos invita a retomar esta enseñanza, esta vez desde el punto de vista del maestro.

Para empezar contamos con cuatro elementos esenciales, a saber: ojos vendados, vela en la mano, escuadra en la frente y llave en el pecho. Estos símbolos interactúan para dar forma a la alegoría que extraemos en este balaustre. Recordemos que pasamos de la cámara de en medio al sanctum santorum. Atendiendo al tema que nos atrae lo entenderemos como, transitar por el presente, desde el pasado hacia el futuro. Contamos entonces con la llave de marfil. Con ella el maestro es capaz de transitar entre dos mundos, mundos que bien podrían ser los que hemos separado ya, por el presente. Pero también oncederle un valor más intuitivo como simplemente: el acceso a una puerta cerrada. Cerrada simplemente porque, para una vida secuestrada por la necedad, la envidia y el materialismo. No existe ni pasado, ni presente, ni futuro. Si no solo un devenir constante e inagotable de necesidad.

No podemos ver a través de esa puerta de la misma forma en que no podemos ver el futuro. Nuestra condición de maestros no nos libra, como al resto de las personas, de permanecer invidentes ante él. Lo comprendemos mejor con una venda en los ojos.

Esta ceguera figurada no nos priva de la rectitud de nuestros principios, ideales y acciones. De nuestra actitud reflexiva y nuestra fuerza de voluntad. Eso permite que obremos en consecuencia, siempre anhelando el bien común y el progreso general. Es aquí donde aparece el símbolo más significativo de este trabajo.

La E.·. en la frente representa la rectitud en nuestros pensamientos. La unidad de medida con la que todo debe ser colocado en su sitio. La mente mantiene una distancia prudencial. Basándose en el justo equilibrio. La razón sopesa aquello que perciben los sentidos. Buscando siempre el mejor entendimiento, para obtener el mayor provecho.Habiendo ya mencionado los demás elementos. Solo nos queda la vela en la mano. Como antecedente podemos recordar la estrella flamígera, brillando en nuestra mano, en la postura al orden de C.·..

Esa luz que recibimos y proyectamos nos es explicada desde nuestra primera hora. El memento nos dice que el masón se reconoce en el signo, la palabra y los toques. Refiriéndose en ese orden: a la manera de obrar equitativa y franca; a su lenguaje leal y sincero y a la solicitud fraternal que manifiesta hacia todos aquellos a los que esta ligado por los lazos de la solidaridad.

Es así que nuestra forma de actuar debe figurar como una luz. Una luz que, si bien no lo resuelve todo, nos permite al menos orientar el paso siguiente. Se puede entonces ver al M.·.M.·. como un explorador que en la penumbra ilumina, para sí mismo y aquellos que le siguen, paso a paso el camino. Pensemos en los MM.·. que se han convertido en grandes próceres de la historia. No son estos recordados por su pertenencia a la orden. Si no por la importancia de sus obras y la clarividencia respecto de las necesidades de la sociedad en cada momento.


 


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