Número 25 |
Año 6010 (v.·. l.·.) |
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Revista Digital del Supremo Consejo del Grado 33 y último del R\E\A\A\ para España
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El nudo gordiano Siloé de la Fuente, 14º |
En el tiempo de este relato, la ciudad de Gordion era como todas sus vecinas en la antigua Anatolia. Sucia, vieja, reminiscente de glorias pasadas y ahora además ocupada por los Macedonios en pleno afán expansivo (hoy lo llamaríamos imperialista). Este es el marco de mi relato. Era verano. Era de noche. Era la ciudad de Gordion, en Anatolia. Y eran los pasos de un hombre, embozado en un manto blanco de soldado, que caminaba con pie firme hacia la Acrópolis de la ciudad, su fortaleza. Debía ser uno de los “Compañeros”, que era como se denominaban a si mismos la élite de la Caballería Macedonia. La tenue luz de las antorchas proyectaba fantasmagóricas sombras a las que el paso firme del hombre no parecía temer. Ya en la Acrópolis , entró en el templo de la misma. Allí estaban reunidos un grupo de hombres, que parecían esperarle. Cuando entró, todos se inclinaron, reverentes. El muchacho se desembozó y correspondió levemente al saludo. Su rostro, hosco y serio. Su mirada, acerada como la del águila. Asió con la mano derecha el mango de su espada, oculta bajo el manto, una mascheta griega cuya empuñadura reproducía una cabeza de león rugiente. Así lo vi., así era Alejandro de Macedonia. Uno de los hombres se dirigió a él. “Majestad”, le dijo, “nuestro Templo recibe hoy a su más digno visitante, a vuestra Divina Majestad”. Alejandro sonrió levemente, pero para sus adentros repudiaba el saludo del sacerdote. “Divina Majestad…” El había tenido a Aristóteles por preceptor. El comprendía bien lo que eran los “Misterios” y sus cultos en la antigua Grecia. Sabía que los Dioses nunca habían existido, que eran “metáforas” mitológicas creadas en su origen para trasmitir un mensaje. Los sacerdotes vivían bien a costa de la credulidad y la incultura del populacho que las tomaba al pie de la letra, que creía literalmente en la existencia de Zeus, de Atenea, de Afrodita… A él también le servía egoístamente que lo hubieran divinizado. Un hombre que lucha por un sueldo puede ser aguerrido, peroquien lucha por una idea en la que cree, además de peligroso es casi inmortal. “Sígame, Alteza”, indicó de nuevo el anciano. “Según nuestras leyesancestrales, dictadas por los Dioses mismos a los Héroes fundadores deGordion, entraremos primero por la sala bermeja en nuestro periplo por el Templo. Solo los varones pueden pasar ahí; ni mujeres, ni tullidos o deformes ni hombres impíos pondrán nunca un pie en ese Lugar Sagrado”. Y una tras otra, el anciano rememoró las normas inmutables ante Alejandro. Trasrecitarlas íntegras, concluyó: “Continuaremos por la estancia Negra, hasta llegar al lugar al que has pedido ser llevado… La sala Blanca”. La sala Blanca… Allí se guardaba una de las leyendas de la antigüedad que Alejandro quería contemplar con sus propios ojos: el Carro de Oro del Rey Gordias de Frigia (que según otros, fue simplemente un campesino… La mitología, ya se sabe). La lanza del carro estaba atada al Yugo que antaño ceñía a los bueyes con un Nudo tan complejo que, según se decía, quien lograra soltarlo se convertiría en Rey de toda Asia. Por eso estaba allí Alejandro.
Uno de los acompañantes se adelantó y comenzó a hablarle: “Divino Señor”, le dijo, “este nudo está hecho con cortezas de árbol, trenzadas de tal forma que es imposible desatarlas… Muchos Héroes lo han intentado vanamente. La Corona de Asia está prometida al Gran Señor que logre deshacerlo. Si queréis intentarlo, el Nudo os aguarda…” Todos guardaron silencio. Alejandro no miró las caras de los miembros de la comitiva. Tampoco le hizo falta. Sabía lo que todos estaban esperando: su fracaso. Si, bajo esos rostros aduladores o silentes se ocultaba la felonía. Esperaban su derrota, si, la derrota del gran Estratega de Macedonia, Alejandro el Conquistador, humillado por un nudo que siglos atrás trenzara un campesino convertido en Rey. Alejandro tocó el nudo. Lo examinó detenidamente. Su firmeza era tal que no merecía la pena perder el tiempo en intentar soltarlo. El nudo era férreo y retorcido. Como las maniobras de los hombres viles para encumbrarse sobre las espaldas de sus aduladores, aunque causen la ruina de una Nación. Era oscuro como las intenciones siniestras de mantener vivas prácticas inútiles, por los inconfesables intereses de aquellos que “vivendel cuento” a costa de aquellas. Era retorcido como las representaciones desviadas de la Divinidad , como la pluralidad de caminos que pretenden ser los únicos en llevarnos de vuelta a la Misma cuando verdaderamente, no existe UN camino de retorno porque lo Divino vive dentro de Cada Ser Humano…
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