Número 20

 
Año 6008 (v.·. l.·.)
 
Revista Digital del Supremo Consejo del Grado 33 y último del R\E\A\A\ para España

Los metales

José Antonio González , 33º


A pesar del título, no vamos a hablar aquí de los metales propiamente dichos, ni del significado esotérico que, evidentemente, algunos tienen. Eso podría ser tal vez, en otra ocasión, motivo y tema para un nuevo trabajo, pero no el de éste.

Hoy nos vamos a referir aquí, a otros "metales", puramente simbólicos, a los que la Masonería alude ya desde el instante mismo en que, aun como candidatos, se nos prepara para la ceremonia de iniciación que permitirá nuestro ingreso en la Orden. Y digo "nos preparan", porque no somos nosotros mismos los que nos preparamos, sino otros, ya iniciados, quienes se encargan de nuestra adecuada preparación para que podamos ser introducidos en el Templo.

Desprovistos de chaqueta, con la camisa abierta y el pecho desnudo, la rodilla derecha igualmente desnuda, con el pie izquierdo descalzo, y temporalmente cegados mediante la venda que cubre nuestros ojos, e inclinando la cabeza ante la simbólica puerta de entrada. Así es como se nos permite entrar en el Templo cuando lo pisamos por primera vez, y no de otra manera. Todo tiene su "por qué", y aunque cada detalle mencionado lleva su significado simbólico concreto, hay algo que también lo tiene y mucho más amplio. Es el despojo de los metales. Todos nosotros recordamos que, previamente a los demás preparativos se nos despoja de cualquier cosa metálica, incluyendo anillos, joyas, dinero, colgantes o cualquier otro objeto similar que lleváramos.

Esta forma de presentamos ante la Logia , en camisa y con los botones desabrochados mostrando el torso desnudo, trata de recordar al hombre su estado de desnudez cuando nace; la rodilla descubierta trata de señalar los sentimientos de humildad que deben presidir la búsqueda de la Verdad ; el pie descalzo recuerda la antigua costumbre de entrar sin zapatos en los lugares tenidos por santos o sagrados (y para los masones, la logia es un lugar sagrado); se nos vendan los ojos para indicar que venimos espiritualmente ciegos del mundo profano o exterior, y que así permaneceremos hasta que veamos la Luz masónica; pero el hecho de lo que llamamos "despojo de los metales", es lo que mayor relevancia presenta ya que, simbólicamente, entendemos por "metales" a éstos efectos "Todo aquello que desde la perspectiva del mundo profano brilla con resplandor engañoso", pero que, realmente, en la vida masónica, pueda suponer un obstáculo al perfeccionamiento espiritual.

Ninguno de los "metales" que porta el profano puede ser introducido en el templo para que éste no resulte contaminado con ellos, porque lo que simbolizan es precisamente todo aquello que de negativo solemos llevar, -en mayor o menor medida-, en nosotros mismos y que, ni puede ser aceptado, ni encaja en la vida masónica, por lo cual no deben tener cabida en los Templos. Y es por ello que, a partir de la iniciación, uno de los más importantes objetivos del masón será tratar de conseguir deshacerse de ellos.

Existe una amplia gama de esos "metales" que debemos dejar fuera del templo, pero pretender relacionarlos, aparte de su dificultad, requeriría una extensión que no permiten los límites de este modesto trabajo. Por lo cual nos referiremos, aunque brevemente, solo a algunos de ellos.

Suele ser la vanidad uno de los más comunes.

A veces, el hecho de ostentar una determinada posición o rango social, o poseer riquezas o títulos -ya sean académicos o de otra índole-, en la vida que nosotros llamamos "profana" y que, en ese ámbito, pueden brillar con resplandor (supuestamente engañoso), suele generar -aunque no siempre- en el ser humano, una sensación de superioridad con respecto a los demás que carezcan de ellos. Tal sensación, tal vez percibida largamente en el tiempo por una persona, no es fácil de cambiar. Requiere un esfuerzo no desdeñable, sin duda.

Pero, en la vida masónica, tales circunstancias apenas si tienen relevancia, en virtud de la aplicación de uno de nuestros principios básicos, como es la igualdad (que ha de ser respetuosa, por supuesto, pero igualdad), ya que en el ámbito masónico son -o deben ser- otros los parámetros a tener en cuenta para el reconocimiento de méritos o distinciones a los HH:.

Y para ayudar a libramos de esa vanidad, conviene recordar que procedemos y vivimos en el mundo profano, lleno de errores, tanto de pensamiento como de conducta, y que hemos llegado aquí buscando, (se supone), algo diferente, que nos ilumine, que nos guíe, que nos haga reflexionar, que nos indique otro camino que pueda conducimos a ese ideal de perfeccionamiento moral que buscamos. Y para comenzar esa búsqueda, nada mejor que hacerlo con humildad, con la actitud propia de quien desea aprender, haciendo, para ello, caso omiso de sus ideas preconcebidas para dejar la mente libre y abierta a las nuevas percepciones, pues es sobradamente conocido que el prejuicio desvía del juicio exacto .

Es también frecuente que algunas personas hayan adquirido, o desarrollado, el hábito de discutir, hasta el punto de poder ser tildado de discutidor habitual. Es esta una cualidad negativa, impropia de una persona razonable, y que puede ser considerada un "metal" que hay que procurar abandonar.

Y es que, la mayoría de los discutidores, suelen poner en cuestión las afirmaciones, razones o argumentos de los demás, sin exponer a su vez, para rebatirlas, argumentaciones razonables y sensatas en que apoyarse. Hablan demasiado, de forma insustancial, y pierden el tiempo y se lo hacen perder a los demás lamentablemente.

En Masonería, afortunadamente, no solemos encontrar demasiados HH:. que apunten esa tendencia, pero a los pocos que se inclinen hacia ella, cabe recordarles que en Masonería se valora en gran medida el silencio respetuoso y el comedimiento en la palabra. Se aprende más escuchando que hablando, y la discreción es siempre bienvenida. Ya dijo el sabio: "El hombre es señor de sus silencios y esclavo de sus dichos".

Otro "metal" a eliminar es la pereza intelectual que, a veces, algunos exteriorizan a través de su conducta.

No es infrecuente que algunos HH:. que han alcanzado la maestría parezcan ir olvidando, poco a poco, su actividad e interés por aprender, que anteriormente demostraron. Se instalan en una cómoda práctica consistente en simplemente asistir a los trabajos, cuando son convocados, firmar en el Libro de Presencias y estar en el ágape que sigue a las tenidas.

Esta práctica, inadecuada e inconveniente, en la que alguno incurre, mas o menos conscientemente, debemos desecharla con energía.

Los masones tenemos la obligación de trabajar con constancia en una doble vertiente. Una, la de no dar por terminada nunca nuestra tarea de formación y perfeccionamiento interior. Y otra, la de ayudar, tanto como nos sea posible, en los trabajos de la Logia y al buen funcionamiento de la misma. No basta con asistir, con estar presente y limitarse a eso, dejando que sean otros quienes realicen la labor. Hay que colaborar activamente y con entusiasmo si es que amamos la masonería. Porque si carecemos de interés, o lo hemos perdido, tal vez deberíamos preguntamos qué hacemos en una logia y, después de analizar la respuesta, actuar en consecuencia.

Otro "metal" a combatir, y de no poca importancia, es el de intentar imponer nuestras ideas o creencias. Una cosa es exponerlas, y otra intentar que prevalezcan.

Hay en el conjunto de nuestra Obediencia algunos HH:. (muy pocos, afortunadamente), que no habiendo comprendido bien la Masonería y lo que es la labor a desarrollar, incurren en una práctica totalmente inadmisible y que los responsables de las Logias tienen el deber de erradicar.

A la Orden venimos, fundamentalmente, a aprender. Y cuando hemos aprendido algo, si nuestra capacidad y facultades nos lo permiten, a enseñar lo que nos sea posible, pero nunca a intentar imponer a los demás (ni aunque sea de forma inconsciente) nuestras ideas procedentes del mundo profano.

Es lógico que todo hombre instruido tenga sus principios ideológicos, sus afinidades políticas o religiosas o, simplemente, su fe determinada. Es normal que así sea y, por tanto, absolutamente respetable. Así lo entiende la Masonería , firme defensora de la libertad de conciencia y pensamiento, y que lo único que no admite es el fanatismo.

Pero, recordemos que ese bagaje de ideas y convicciones lo adquirimos, generalmente, en el mundo profano donde los parámetros, principios y valores son otros diferentes. Y por eso, en la Orden , lo prudente es sometemos al debido aprendizaje, observando, escuchando, estudiando y adquiriendo experiencia, y con ésta actitud poder ir comprobando si nuestras ideas u opiniones sobre determinados aspectos, sociales, morales o de otra índole eran realmente acertados, (a la luz de la doctrina masónica), o si, por el contrario, merecían ser, según la razón y el buen juicio crítico, modificados o rectificados.

No quiere decir esto, por supuesto, que nadie esté obligado a renunciar a convicciones o ideas que no desee modificar, ya sean éstas políticas, religiosas, sociales, etc. Ni debe entenderse como una limitación al derecho de expresión. De ninguna manera sustenta eso la Masonería. Pero lo que sí pide es que, en aplicación del principio fundamental de libertad de conciencia, se respete la de todos, y esas tendencias, creencias o convicciones, por ser personales, las guarde cada uno para sí, sin intentar en ningún caso imponérselas a nadie. La Masonería , en el aspecto espiritual no impone nada. No es dogmática, no es intransigente, no es intolerante. Es todo lo contrario. Pero el masón debe saber que existen en ella unos principios fundamentales que debe respetar, y debe decidir, en conciencia, si lo hace o no y aceptar las consecuencias de su libre decisión.

Hasta aquí, QQ:. HH:., una pequeña muestra de esa larga lista de "metales" que sería posible ir enumerando, y que son tan comunes entre los humanos. Pero el objeto de esta plancha no es enumerarlos sino, simplemente, hacernos reflexionar sobre algo en lo que, aparentemente, pensamos poco. No deberíamos perder de vista que, como antes dijimos, una de nuestras principales tareas es no dar por terminada nunca nuestra labor de formación y perfeccionamiento interior, sino por el contrario, perseverar en la misma.

Un pequeño ejemplo:

¿Podríamos contestar afirmativamente, sin albergar dudas, algunas de éstas preguntas?

¿Hemos abandonado ya, cualquier idea de superioridad con respecto a alguno o algunos de nuestros HH?

¿Aceptamos de buen grado, por convencimiento, que a la Masonería se viene fundamentalmente a aprender, aunque a veces podamos también aportar algo a los demás?

¿Poseemos ya el suficiente control de nuestro "ego" como para escuchar ideas u opiniones posiblemente opuestas a las nuestras, sin que ello altere nuestra serenidad de juicio, ni nos impida razonar sobre ellas con objetividad y tolerancia?

¿Hemos intentado pulir nuestra piedra, eliminando aristas, hasta el punto de convertirla en útil para su encaje en el lugar donde deba ser utilizada?

¿Entramos siempre en nuestros templos con el nítido y decidido propósito de ayudar a la realización de los trabajos con juicio sereno y actitud fraterna?

Si a éstas, y otras preguntas similares, podemos decir simplemente sí, ya sería un gran motivo de satisfacción, porque ello significaría que hemos trabajado lo suficiente -al menos-, como para desprendernos de esos "metales" que, para nada, adornarían a un masón.

Ya sabemos que, para que la espiritualidad, armonía, fraternidad y concordia que deben reinar en el interior de toda Logia, se produzcan, los indeseables "metales" deben quedarse fuera.


 


Revista Digital del Supremo Consejo del Grado 33 y último del Rito Escocés Antiguo y Aceptado para España
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